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Icono realizado en metal con baño de plata y oro repujado sobre base de PVC, las caras estan realizadas sobre tela policromada con una capa de huevo como se hacía en las antiguas técnicas bizantinas de fabricación de iconos.
Medida: 7 X 5 cm
Los iconos para la mentalidad bizantina no son meras representaciones religiosas como ocurre en el arte occidental, sino que son la divinidad misma hecha materia, una teofanía (revelación de lo divino) más aproximada al sentido de reliquia en el mundo occidental.
Esta concepción del icono bizantino modifica en muchos aspectos la manera de acercarse a la obra, desde su creación hasta su contemplación.
En tiempos antiguos estos sólo podían ser realizados por monjes o personas cuyas vidas transmitieran santidad, que fueran lo suficientemente puros para dejarse guiar por la voluntad divina. Es Dios quien realmente crea los iconos, siendo sus artífices simples instrumentos en Sus manos.
Para conseguir el estado espiritual ideal hacían oraciones continuas, ayunos y penitencias que les permitieran someterse a lo trascendente.
Debido a la nula importancia del artista y su originalidad, las fórmulas y técnicas de los iconos casi no han evolucionado, siendo en la actualidad prácticamente las mismas que las adoptadas en el siglo VIII.
"Tú, oh Dueño Divino de cuanto existe ilumina y dirige el alma, el corazón y el espíritu de tu servidor. Lleva mis manos para que pueda representar digna y perfectamente Tu imagen, la de tu santa Madre y la de todos los santos. Para gloria, alegría y embellecimiento de tu Santa Iglesia”
(Oración previa a antes de realizar el icono.)
Sin lugar a dudas, la iconografía es una de las artes en las que la belleza se encuentra más unida al hecho religioso. A este respecto, Benedicto XVI pronuncia las siguientes palabras en el Meeting de Rimini (Italia) de 2002, dentro del encuentro titulado “El sentimiento de las cosas, la contemplación de la Belleza”:
“En el arte de los iconos, el artista debe liberarse de la mera impresión de los sentidos y en oración y ascesis adquirir una nueva y más profunda capacidad de ver, cumplir el paso de aquello que es meramente exterior a la profundidad de la realidad, de manera que el artista vea lo que los sentidos en cuanto tal no ven y aquello que, sin embargo, aparece en lo sensible: el esplendor de la gloria de Dios sobre el rostro de Cristo.
Benedicto XVI (2002).